El cielu por asaltu

Recuperar la dignidá, recuperar la llucha. Documentos pa la hestoria del movimientu obreru y la clase obrera n'Asturies.

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domingo, octubre 26, 2008

Guerrilleros, "fugaos", bandoleros

GUERRILLEROS, “FUGAOS”, BANDOLEROS. AMBIVALENCIAS EN LA RELACIÓN DEL PCE CON LOS HUIDOS ASTURIANOS (1937-1952).

Disponemos de indicios suficientes para sostener que Asturias fue uno de los focos más activos de resistencia armada durante la década de los cuarenta. Entre 1937 y 1939 la cifra de huidos tuvo que superar holgadamente el millar, repartidos por toda la región, aunque con una mayor incidencia entre las sierras del Aramo y Peñamayor1. Dada la elevada concentración de personas, en poco más de cuatro años las fuerzas franquista redujeron el colectivo a poco más de medio centenar de individuos2. Las muertes violentas y las detenciones continuaron, si bien a más lento ritmo, entre 1944 y 1948, pero en esta etapa las bajas se compensaron parcialmente con nuevas aportaciones de combatientes. En unos casos las filas de los huidos se nutrieron de enlaces y activistas del interior que optaban por incorporarse al monte para evitar el zarpazo represivo. Sabemos que en el verano de 1946 procedieron de este modo, al menos, una docena de militantes comunistas3. En otros casos se vieron reforzados por “maquis” procedentes de Francia. En el último trimestre de 1945, bajo la dirección de Agustín del Campo Suárez –abatido el 17 de noviembre de 1946-, se incorporó con éxito la “Brigada Asturias”, integrada por Apolinar Anibarro, José Terrón, Vicente Gómez y Macario Ortega4. En el primer semestre de 1946 lo intentaron los componentes de la “Brigada Pasionaria”, formada por cuarenta guerrilleros, pero tras un penosísimo periplo fueron muy pocos, uno de ellos Aquilino Gómez, los que alcanzaron el objetivo5. Como es sabido, dos acciones quebraron el espinazo de la resistencia armada en Asturias: la redada perpetrada el 28 de febrero de 1948, que segó la vida de 16 “fugaos”, y el golpe infligido el 7 de enero de 1950, en el que fueron acribillados Manuel Díaz González (“Caxigal”), Eloy Álvarez Alonso (“El Ruso”), Ángel Martínez Rodríguez, Manuel Castaño, “Negrete” y Ovidio González Morán6. Tras estas certeras sarracinas, en un ambiente de delación y desmoralización huyeron a Francia o fueron liquidados violentamente los últimos rescoldos de la resistencia armada, cuyo trágico epílogo fue protagonizado por “Ramonón de La Nueva”, eliminado en 1952.

En una década de actividad, según el recuento efectuado por el coronel Eulogio Limia, fallecieron en combate 152 guerrilleros, 145 fueron apresados y 13 se entregaron, mientras que pagaron un alto precio por su colaboración nada menos que 715 enlaces. Además, en su “Reseña del bandolerismo” atribuyó a los “fugaos” la comisión de 305 golpes económicos, 45 sabotajes, 21 secuestros y 148 ejecuciones. Aún con sus sesgos e impresiones, esta estadística oficial nos permite intuir el alcance de un intenso episodio de resistencia armada que, en Asturias, adolece todavía de una análisis esclarecedor. Tras la pionera y no superada aproximación de Carlos Santullano, publicada en la Historia General de Asturias, vieron la luz las aportaciones de Gómez Fouz7 y Nicanor Rozada8, los cuales poca luz han aportado tanto con sus publicaciones como con la desabrida polémica que protagonizaron en los medios de comunicación. El primero se recrea en los aspectos más novelescos y folclóricos, caricaturizando la dimensión política, pero tiene la virtud de acercarnos al fenómeno desde la perspectiva policial. El segundo, con ánimo reivindicativo, nos abruma con prolijas y confusas descripciones de episodios protagonizados por los guerrilleros, expuestos de forma tan caótica que sólo sirven para ilustrar las limitaciones de las fuentes orales cuando no hay más criterio metodológico que “pasar por la batidora” de nuestra conveniencia las aportaciones de los testigos. En las páginas de estos autores se acomoda la información para vilipendiar o ensalzar a los “fugaos”, presentados según convenga como villanos o héroes, pero no está en su ánimo ofrecer coordenadas que nos permitan caracterizar sus actos. Por citar sólo algunas omisiones, ni se han descrito sus estructuras organizativas, ni la naturaleza de sus prioridades, ni los mecanismos empleados para tomar decisiones, ni, sobre todo, la índole de su relación con el PCE, la organización que pretendió incardinarlos en la resistencia antifranquista. Esclarecer este último aspecto es el objetivo de esta breve aportación.

1.- Los contextos de la resistencia armada.

• Fase de Unión Nacional (1943-1944). Hasta que no empezó a remitir el empuje de la maquinaria militar alemana, no se reparó en que habían quedado enquistados por los bosques y sierras asturianas algunos centenares de republicanos. En un escenario internacional marcado por el cambio de signo operado en 1943, la errática subsistencia de los huidos adquirió pleno sentido: podían forzar la intervención de los aliados en España si eran capaces de promover la “insurrección nacional”, para lo cual debían adoptar la pauta militar de encuadramiento. Para proceder a la constitución del Ejército del Noroeste y en calidad de delegado de la Junta Suprema de Unión Nacional llegó a Asturias, en septiembre de 1943, el valenciano Josep Cerberó, que había sido comandante del XIV Cuerpo Guerrillero de la República9. Este entró en contacto con el Comité de Milicias Antifascistas, integrado por los socialistas Arístides Llaneza y Manuel Fernández Peón (“Comandante Flórez”) y, además, el comunista Baldomero Fernández Ladreda. Fueron suficientes dos encuentros con este, que mantenía una actitud recelosa hacia la dirección del PCE desde 1937 por el caótico procedimiento de evacuación seguido en Asturias, para que se manifestaran con toda su agudeza las discrepancias entre ambos. Mientras que el emisario de la Junta Suprema pretendía que incendiaran Asturias por los cuatro costados, Ladreda calificaba de “criminal” cualquier paso que se diera hasta que no se produjera el esperado “desembarco americano”10. Aún así fue nombrado Jefe de Guerrillas, ya que era el huido que había adquirido mayor rango militar durante la Guerra y conservaba intacto su prestigio entre militantes y simpatizantes.

• De Buendía a Casto García Roza (1944-1946). Tras el desmantelamiento policial de las estructuras de Unión Nacional en 1944, militantes del interior reconstruyeron la organización en los primeros meses de 1945. Dada la reciente experiencia, estos se mostraron muy cautelosos y delegaron las tareas más arriesgadas en Baldomero Fernández Ladreda. El que fuera Mayor del Ejército Republicano, en su célebre circular número 6, encuadró militarmente a toda la militancia bajo su jefatura, cerrando el paso a cualquier resquicio de subordinación con órganos exteriores11. En paralelo, coincidiendo con las expectativas abiertas con el fin de la Guerra Mundial en Europa, estos remitieron a Asturias un equipo de dirección encabezado por Casto García Roza y secundado por el comando guerrillero “Asturias”. Los que presenciaron la colisión entre ambas partes por el control de la organización no omiten que faltó muy poco para que corriera la sangre. Con su habitual prudencia Horacio Fernández Inguanzo reconoció que Celestino Uriarte fue cacheado por Ladreda, mientras que Higinio Canga admitió que en el encuentro de este con Agustín del Campo tuvo que esconderse porque ambos blandieron las pistolas como argumento de autoridad12. La expulsión de Ladreda y la certera redada del 46, facilitada según Inguanzo por el aislamiento al que se sometió a los “franceses”, zanjó de forma drástica la pugna13.

• La etapa de la Agrupación Guerrillera (1946-1950). Este periodo se caracterizó por la ausencia de organización política, al menos en su formato tradicional. Los “fugaos” se constituyeron en Agrupación Guerrillera, subordinaron todas las energías a la prioridad de sostener la resistencia armada y captaron la atención de la militancia, la cual se mantuvo aislada para obstaculizar las redadas policiales14. Detenidos los principales dirigentes, sin “cuadros” avalados por la dirección para marcar la pauta, a pesar de que eran insistentemente reclamados, y con la abierta oposición de los guerrilleros, se abandonó el objetivo de recomponer y coordinar organizaciones “en el llano”15. En un informe remitido desde el interior se reconocía que, desde la fecha señalada, cada cual actuaba subordinado a los guerrilleros, de quienes recibían material de propaganda o publicaciones como Mundo Obrero, Ataque o La Voz del Combatiente16. En enero de 1948 se puso el énfasis, una vez más, en la falta de contacto con el exterior y se reclamó con avidez que “se enviaran cuadros capaces de saber dirigir y trabajar según las circunstancias lo pidan y requieran con cautela y previsión”17. Este aislamiento y la ausencia de control político favoreció la infiltración policial que, poco después, segó la vida de 16 “fugaos” y, además, desbarató las principales bases de apoyo de la Agrupación. Uno de los pocos supervivientes de esta sarracina –sólo quedaron 21 según Bardial-, se volvió a dirigir en febrero y en noviembre de 1948 a la dirección exiliada para reclamar que les proporcionaran propaganda y, sobre todo, “cuadros”18. Tal era la desesperanza que algunos emprendieron la aventura de alcanzar la frontera francesa por sus propios medios. Ante estas demandas y para reconducir la situación fue enviado a Asturias Luis Montero Álvarez (“Sabugo”), un aguerrido militante forjado en la Guerra Civil y templado en la resistencia al nazismo. Entre 1948 y 1950, con apoyos recibidos del exterior como Antonio “El Maño”, a los que se sumaron Jacinto Suárez Alonso (“Quirós”), “El Churri”, Víctor y “El Andaluz”, y con la colaboración estrecha de Manolo “Caxigal”, se le encomendó la tarea de desplazar el eje de la actividad insurreccional del monte a los centros de población19.

• El epílogo violento (1950-1952). Los pilares de la Agrupación se derrumbaron en febrero de 1950, tal como previeron enlaces y guerrilleros, con la detención de “Sabugo” y la subsiguiente eliminación de “Caxigal” y su grupo20. Ya antes de su ausencia, en expresión de los emisarios del PCE, la mayoría de los huidos “habían sido ganados por las corrientes de liquidación”, ya que eran conscientes de que carecían de encaje en la nueva táctica política21. Antes de que finalizara 1949 se separaron de la Agrupación Guerrillera Adolfo Quintana Castañón, Ignacio Alonso Fernández (“El Raxau”), Manuel Fernández (“Peque”), “El Tranquilo”, Lisardo García, Luis González (“Barranca”) y Andrés Llaneza (“El Gitano”), el cual advirtió a los leales que “si se cruzaban en su camino no tendría en cuenta quienes eran”. Del mismo parecer eran Marcelino Fernández (“Maricu”) y Paulino Alonso (“Pachón”), pero fueron sitiados y acribillados por estas fechas en Tejedal. Tal era el clima de desconfianza mutua, agravada por la misteriosa desaparición de “Sabugo”, que a los disidentes se les privó de las armas que habían recibido de la Agrupación. En compensación se ofreció a los “menos corrompidos”, “Peque” y Quintana, la posibilidad de ser evacuados, pero rechazaron la propuesta “por temor a que se les liquidase”22.

El paréntesis abierto con la desaparición de “Sabugo” y la muerte de “Caxigal”, criticado por haberse mantenido fiel al Partido “a sabiendas de que eso representaba la liquidación de los fugaos”, se cerró abruptamente en el mes de agosto de 1951. En una cabaña de La Cerezal, los últimos emisarios del PCE que contactaron con los huidos, junto con guerrilleros leales como Jacinto “Quirós” y Ramón González, fueron desarmados y cacheados, todo ello “con marcada mala intención y no menos indudable entusiasmo”. Al promotor de esta iniciativa, Andrés Llaneza, que estaba secundado por “Peque”, “Rubio” y “Tranquilo”, se le atribuyeron “intenciones criminales” y que “buscaba una justificación para eliminarnos”. Por última vez, se suscitó la ya manida discusión sobre la legitimidad política. Cuando los recién llegados se presentaron como integrantes de la dirección provincial, avalada por los órganos del exilio, se les replicó que no había más Comité Provincial que el del monte, “reconocido y respaldado por los camaradas”. Desde la citada fecha, unos y otros siguieron caminos divergentes, no exentos aún, hasta la desaparición del último huidos, de recelos, suspicacias y altercados23.

2.- La relación con el partido.

Bajo la epidermis de compenetración y sintonía, deja entrever la documentación interna el conflictivo vínculo que, durante años, ligó a huidos y organización política. Al principio los huidos actuaban a su libre albedrío24. Los recelos surgieron en 1943 cuando se establecieron los primeros contactos y hubo que determinar quién marcaba la pauta, fijaba objetivos y establecía las prioridades. Al evocar sus primeros contactos con los Castiello, un militante de Infiesto reconoció que a estos les irritaba que proliferara el Partido y que sólo se avenían a colaborar si la organización política se supeditaba a ellos25. La desconfianza mutua se acentuó entre 1944 y 1946, etapa en la que las facciones en pugna dentro del Partido midieron sus fuerzas a través de los huidos que controlaban. Para descalificar al adversario, el Comité Regional presidido por Casto precisó que se encontró en Asturias a “partidas de aventureros” que carecían de “contacto regular con los escalones del Partido”26.

Entre 1946 y 1950, como hemos visto, la organización política quedó subsumida bajo los engranajes de la actividad guerrillera. En un informe se sostiene que la tarea de enlazar con el Partido en la ciudad recaía en Los Castiello y “Bójer”, pero, al margen del entorno guerrillero, sólo nos consta actividad política en la cárcel27. Adquirida la primacía, en esta etapa los “fugaos” actuaron con tal grado de autonomía que, en “su ceguera”, hicieron caso omiso cuando el PCE les previno sobre la infiltración de la Policía en sus filas28. A propósito de la luctuosa jornada del 27 al 28 de enero de 1948, desde la formación política se sostuvo que pagaron un alto precio por su “endiosamiento, su autosuficiencia y su subestimación de las capacidades del Partido”. También se comentó con irritación que algunos supervivientes subrayaran que el muñidor de la operación había estado en Francia y que había engañado al Buró Político “para sembrar la desconfianza hacia todo enviado del Comité Central”29. La desconfiaba estaba tan a flor de piel que rallaba en la histeria. Cuando salió a Francia Ceferino Díaz Torres, sin motivo aparente, fue saludado por el experto de turno en la detección de “aventureros” como el promotor “de un intento de provocación muy burdo y de muy poca monta, ya que para una provocación sería contra el Partido emplearían sin más otros medios que Ceferino, que da la impresión de haber estado en el monte aunque más bien con un grupo de fugitivos que de guerrilleros30”.

A partir de 1950, como hemos visto, la desconfianza dejó paso a la descalificación y el enfrentamiento, sosteniendo cada parte una cerrada pugna por granjearse el apoyo de las bases. Tras consumarse el divorcio en agosto de 1951, el nuevo Comité Provincial afín a la dirección exiliada puso en circulación un Boletín que contenía un alegato demoledor contra la actividad guerrillera, “la cual no había jugado el papel que le correspondía en la lucha”. Se la acusaba de haber fagocitado al Partido, convertido en “apéndice auxiliar de segundo orden”, y de haberlo cuarteado en cotos asilados. Quebrados sus engranajes y actuando como “una corriente oportunista”, “había levantado la bandera de la discusión de las decisiones de la dirección del Partido”, la cual sólo servía para enviar “traidores como Sabugo”. Con su proceder asumieron las tácticas propias “del aventurerismo anarquista”, basadas en “la acción directa y en el terror individual”, tras las que no quedaba más corolario que la represión, el miedo y, subsiguientemente, el aislamiento de la población. La crítica se hizo extensiva a aquellos camaradas que, “creyendo que hacían algo importante, no realizaban más tarea que la de mirar a cuatro descarriados que andaban por el monte”31. Ellos también coadyuvaron a convertir al Partido en “una secta pasiva de admiradores de una vanguardia sin principios revolucionarios”. La alternativa que se ofrecía a “estas desviaciones” era “ la lucha organizada, consciente y disciplinada” cerca del pueblo, ya que la “lucha de guerrillas no sólo no resuelve la situación, si no que en casos, y un ejemplo concreto es Asturias, dificulta la lucha de masas contra el franquismo creando el confucionismo y realizando una labor de provocación policíaca, aunque directamente quizás algunos no estén a su servicio”32.

3.- Aportaciones asturianas a los “ismos”: el ladredismo y el sabuguismo.

Los “ismos” en los cuarenta se alimentaron en las objeciones que algunos militantes interpusieron a los designios de la dirección exiliada. Los renuentes se amparaban en el aura que les confería el hecho de permanecer en el interior y alegaban que la autoridad política dimanaba de quienes se enfrentaba cara a cara con el enemigo33. Desde el exterior se apelaba al “centralismo democrático” y se calificaban estas veleidades de “caudillismo”, en el mejor de los casos, cuando no de abierta “provocación”. Como se aplicaba a pies juntillas el principio de que el partido se fortalecía depurando la disidencia, estos comportamientos fueron fulminantemente anatematizados.

• El ladredismo. Ya hemos subrayado cuál era el origen de la animosidad mutua que sostuvieron Ladreda y la dirección del Partido. Desde el primer momento esta le acusó de adolecer de preparación política, de no comprender la estrategia de Unión Nacional, de pasividad y, lo que era aún peor, de connivencia con los dirigentes socialistas34. Se le atribuyó, también, la autoría de unas circulares en las que se “difamaba” al Comité Central y a Dolores Ibarruri, las cuales fueron rebatidas en Mundo Obrero35. En las experiencias reunidas en la cárcel de Burgos, se acumularon contra él cargos abrumadores y fue motejado con el sambenito de “quiñonista”. Los participantes le reprocharon “que estaba endiosado”, que “quería campar por sus respetos”, “que se creía el más capaz”, “que sólo aspiraba a dirigir al futuro ejército de liberación”, “que pretendía erigirse en el amo de la organización”, que desafiara al Comité Central, que hubiera supeditado el Partido a sus intereses y, en suma, lo que calificaron como “criminal actitud de provocación”, la cual había requerido “graves y sangrientos tributos” para ser desenmascarada36. A Ladreda, por referencias indirectas sabemos que le irritaban las imprecisiones de Unión Nacional, principalmente en lo que se refería a sus componentes, y que calificaba de descabellados los objetivos que se le fijaban, entre los que se incluía la voladura del tren correo de Madrid37. Uno de sus apoyos, Losa Prieto, convenía con él en que no se daban las condiciones “para andar tirando bombas y soltando petardos”, a pesar de las expectativas abiertas en 1946 con el acoso internacional al franquismo38.

El “ismo”, una patología política que en un principio se manifestaba como insolencia hacia el Partido, solía agravarse con el delito de lesa camaradería: la traición, denominado “provocación” en la jerga de la época. En un documento remitido al exterior en 1949, se le acusó de haber entregado la organización a la Policía en 1946, “una vez que se decidió su expulsión y se iba a adoptar medidas más radicales contra él”, la cuales no fueron especificadas39. En un ambiente envilecido, los denuestos contra él se prolongaron en la cárcel una vez que, a finales de 1947, fue detenido. Ya en prisión se le hizo el vacío, se subrayó que “había arrastrado en su caída a muchos de sus colaboradores” y que tanto la Policía como el Juez destacaban su irreprochable comportamiento. La insinuada delación, con todo, no le libró de la pena capital, toda vez que “pasada la traición no interesaba el traidor”40. La estigmatización de su figura, no obstante, dejó secuelas en la militancia, dividida ante un personaje que había adquirido notoriedad durante la Guerra y que inicialmente había sido elevado al olimpo de los héroes de la resistencia antifranquista. Un responsable de Ciaño Santa Ana reconoció que su expulsión suscitó resquemores, entre otros motivos porque la explicación de la medida en un comunicado distó de ser convincente41.

• El sabuguismo. Distinta es la naturaleza de esta disidencia, cuyos paralelismos han sido subrayados por la investigación especializada42. El protagonista, Luis Montero Álvarez, ostentó la máxima representación del Partido Comunista en Asturias entre marzo o abril de 1948 y enero de 1950. En vísperas de su detención, nos consta que estaba “quemado”, se sentía enfermo y presentía que “iba a morir en el monte como un perro”, profecía que hizo saber tanto a los emisarios del PCE como a sus propios familiares, con los que entró en contacto43. Tan acuciante fue su demanda de ser relevado que el enlace de la dirección le amenazó con destituirle, reconociendo a posteriori que había sido un error mantener en su responsabilidad a un “cuadro de dirección” en semejante estado de desmoralización44. Una certeza y un enigma componen el último acto este episodio. La detención de Montero “Sabugo” el 2 de febrero de 1950 precipitó la celada en la que resultó acribillada la partida de “Caxigal” y la caída de los principales enlaces. Dado su abatimiento podemos suponer que se entregó y dados sus antecedentes no podemos descartar que pactara una confesión parcial, que incluía solo parte de la red de apoyos y el refugio de “Caxigal”, el cual supondría abandonado tras difundirse su detención. Lo que no se puede soslayar es que desapareció para siempre. Líster sostiene que la dirección del Partido lo mandó buscar y le propinó un tiro en la nuca “unos kilómetros antes de la frontera”45. Esta imputación concuerda con la referencia incluida en un Boletín editado por el C.P de Asturias en 1951, donde se asevera que “este traidor ha pagado ante el Partido con la moneda que pagan todos los de su calaña”46. No obstante, en un documento posterior se asegura que el ya tildado de “agente provocador monzonista” seguía interfiriendo en el proceso de reconstrucción partidaria, toda vez que algunos simpatizantes presentaban como excusa para no reincorporarse que “Sabugo” estaba vivo y residía en Gijón47.

3.- Guerrilleros o bandoleros.

Los patrones de conducta deseados por el Partido no concordaban con las prioridades de los huidos. La organización política esperaba que sus guerrilleros, además de disciplinados, valientes y justos, fueran austeros y frugales. Los “fugaos”, por el contrario, se orientaban por el pragmático principio brechtiano del “primero la comida, luego la moral” y, como sus días estaban contados, practicaban el carpe diem. Cuando Ceferino Díaz Torres tuvo que dar cuenta de sus vivencias cotidianas reconoció que vivían bien, subrayando “que ya sería el colmo si además de estar en el monte no podían por lo menos comer y beber a placer48”. Durante años canalizaron una parte de sus ingresos hacia la actividad política, pero al deteriorarse las relaciones se mostraron renuentes a alimentar el fondo del Partido. Tras obtener un rescate por un “americano”, se resistieron a reservar la cuota alegando que “cualquier día iban a morir y que querían disfrutarlo49”.

Con adusta severidad se les reprochó en todo momento “que vivieran en el libertinaje”, “que fueran aventureros” y que no persiguieran más objetivo “que conservar la vida en las más gratas condiciones posibles”50. Más que “la independencia o la pasividad”, escocía que hicieran gala de opulencia, que se mostraran prepotentes. Fueron frecuentes los comentarios poco favorables que se vertieron sobre los Castiello, a los que se criticó “por vivir espléndidamente”, “vestir camisas de seda” y “tener una idea novelesca del trabajo clandestino”, pero las suspicacias en este sentido no se detuvieron ante huidos de prestigio como Constantino “El Bójer”, máximo dirigente de la Agrupación. Cuando fue acribillado no gustó que fuera vestido con medida elegancia y que portara 17.000 pesetas51. De “Pastrana”, ya en Francia, se dijo que había tomado la guerrilla como “una profesión en la que ganarse la vida”52.

Mayor irritación causaron “las debilidades” de naturaleza sexual, ya que este fue el flanco más vulnerable de los huidos. Además, los excesos en este ámbito provocaron resquemores entre los apoyos e incluso graves enfrentamientos internos. Un apoyo muy firme, Amador Fresno, tuvo que encararse con Bernabé por haber intentado abusar de su hija cuando le subió la comida. De los Castiello se comentó que habían desnudado a unas chicas. En tono despectivo un enlace de Mieres comentó “que se mataban entre ellos por líos de faldas”. No sorprende, por tanto, que muchos enlaces creyeran que su principal misión era evitar que cometieran tropelías, “ya que el tipo de vida que llevaban era propicio para que se convirtieran en delincuente”53.

En algunos casos concretos, se extremaba la acritud en el enjuiciamiento de las conductas. Cada vez que discutían violentamente, se excedían con el alcohol o se propasaban con un enlace, se incrementaba su descrédito. Más en concreto, el proceder de los Castiello o de Lisardo García mereció muchos reproches, ya que este último estaba conceptuado como “un atracador de la peor especie”54. De Aladino se dijo que había sacrificado la vida inútilmente de dos camaradas, que era muy alocados y que carecía de la sensatez que debía tener un comunista55. Los límites se traspusieron cuando perpetraron actos injustificadamente violentos, como la ejecución de un niño en Blimea en julio del 48 para recuperar capacidad de intimidación, o la eliminación un año después de una familia de enlaces en Viescabozadas sin pruebas inequívocas de que los habían traicionado56.

4.- El déficit formativo.

La tentación de la vida fácil, de la ociosidad y, en el peor de los casos, del bandolerismo se nutría, en opinión del Partido, en la escasa preparación política de los “fugaos”. De los que llegaban a Francia, las apostillas que cerraban los informes de recepción casi siempre eran negativas. “Limitada inteligencia”, “semianalfabeto”, “escasa formación”, y “poca cultura” fueron las coletillas preferidas. No más elogiosos fueron los comentarios dedicados a los combatientes que desde Francia se enviaban al interior, a pesar de que a estos se les suponía mayor bagaje. “Sectario”, “atrasado”, “poco desarrollado” y “muy limitado” fueron los epítetos utilizados para caracterizar a los integrantes del “Grupo Asturias”57. La descripción de las capacidades intelectuales de guerrilleros como José “Pastrana” incorporó todos los tópicos asignados al huido asturiano: “es uno de esos mineros de las gestas de Octubre, de los de la bomba y la dinamita”58. La benevolencia que subyace en este comentario se sustituyó en la década de los cincuenta por ácidos denuestos, ya que se pretendía desarraigar todo indicio de simpatía hacia ellos. La misión de un emisario del exilio en torno a 1953 no fue otra que explicar “cómo un grupo de hombres que viven sin conocer ni preocuparse de sus problemas, sin preocuparse de su formación ideológica y política, es decir, sin hacer vida política y teniendo como único objetivo o al menos el fundamental la lucha por la vida, llegan a degenerarse o a transformarse poco menos que en bestias en cuanto a los instintos”59.

Dadas estas carencias, en el monte la tareas se distribuyeron de la siguiente manera: los autóctonos adquirieron mayor protagonismo en la acciones de armas mientras que los procedentes de Francia, en ocasiones llamados “maquis”, se ocuparon preferentemente de los cometidos de carácter político. Una anécdota, recordada por un enlace, ilustra este deslinde de funciones, propia de caracteres y talantes dispares. Al parecer y como era su costumbre, Onofre García Uribelarrea se ofreció para vigilar no bien dio comienzo una charla de adoctrinamiento. Cuando el instructor, llegado de Francia, le indicó la conveniencia de escuchar su intervención, el guerrillero sotrondino replicó que “él no sabía lo que era sentarse en el sillón de la barbería”60. Tan poco receptivos se mostraban al debate político, incluso en sus aspectos puramente formales, que un enviado de Uribe comentó con perplejidad que Manolo “Caxigal” asistía a las reuniones con papel y bolígrafo, tomaba notas y fundamentaba en ellas sus intervenciones, actitud que le pareció insólita en personas carentes de los más elementales rudimentos formativos61.

Conclusión.

Durante el franquismo, la principal baza política esgrimida por el PCE fue su capacidad de movilización social. En la primera década, esta se basó casi exclusivamente en la actividad guerrillera, percibida por el Régimen como principal escollo interno para su consolidación. Por eso, en emisiones radiofónicas, comunicados, discursos y publicaciones fueron ensalzadas sus acciones, atribuidas a la indómita vanguardia un pueblo heroico que no se doblegaba. Sin embargo, y no sólo en la fase de desbandada, en el ámbito interno fueron un incordio.

Aunque se incluyera en el patrimonio del Partido Comunista su capacidad de intimidación, habían asumido tan débilmente la disciplina orgánica, se desenvolvían en espacios tan inhóspitos y estaban tan aislados que no se podía ejercer sobre ellos un control político eficaz. Los vínculos con ellos siempre fueron precarios e inseguros, hasta el punto que algunos enlaces, incluso los más aguerridos, reconocían que se les ponía el pelo como escarpias cada vez que tenían que subir al monte62. En este ámbito, además, cuajaron códigos y valores propios de resistencia, no siempre concordantes con los del Partido. Para los huidos, como es lógico, la prioridad era la supervivencia y, como esta dependía del gatillo de una pistola, solo se plegaban a las directrices del PCE cuando estas garantizaban su integridad. Por eso, tras las rectificaciones tácticas de 1948, terminaron siendo un estorbo.

Ramón García Piñeiro


NOTAS

1 En un informe emitido por el capitán del puesto de Sama de Langreo de la Guardia Civil se precisaba: “El número exacto de huidos es imposible determinarlo con toda exactitud, sin embargo, en la forma de actuar por esta zona puede calcularse en unos 200 organizados como anteriormente se expone en partidas”. Comandancia de Oviedo, 18 de diciembre de 1939. En 1948, el guerrillero José González Fernández, alias Pastrana, aseguró que la cifra de huidos superaba el millar, pero ignoramos a qué momento se refería. “Informe de José González Fernández”, 28 de abril de 1948. Archivo del CC del PCE.

2 En un informe de 1944 se sostenían que por los montes asturianos pululaban unos 60. “Guerrilleros”, 19 de octubre de 1944. Archivo del CC del PCE.

3 “Experiencias sobre el trabajo de masas en Asturias, León y Santander”, cárcel de Burgos, enero de 1955. Archivo del PCE.

4 “Características de los grupos enviados a España en el último trimestre de 1945”. Archivo del CC del PCE.

5 Un relato de la tragedia en “Informe de Celestino Uriarte” (sin fecha, aunque datable en 1948 ó 1949). Archivo del CC del PCE. ANDRÉS GÓMEZ, Valentín. “Los que vinieron de Francia y la resistencia armada: caída de la Brigada Pasionaria (1946)”. En BLANCO LUQUE, Eloisa y FERNÁNDEZ ROCA, Francisco Javier (Coords.), Tercer encuentro de investigadores sobre el franquismo y la transición. Muñoz Moya editor. Sevilla, 1998, pp. 458-467.

6 Según la estimación realizada por Bardial, tras la redada del 28 de enero de 1948 subsistían en el monte 21 guerrilleros. “Informe de Cándido Fernández Camblor” (sin fecha). Esta cifra nos parece más verosímil que la de Manuel Beltrán Jove, que la eleva a 100. “Informe Manuel Beltrán Jove”. Archivo del CC del PCE.

7 Bernabé (El mito de un bandolero). Biblioteca Julio Somoza, Barcelona, Silverio Cañada Editor, 1989. Y La brigadilla. Biblioteca Julio Somoza, Barcelona, Silverio Cañada Editor, 1992.

8 ¿Por qué sangró la montaña? La guerrilla en los montes de Asturias. Oviedo, 1988. Y Relatos de una lucha. La Guerrilla y la Represión en Asturias. Oviedo, 1993.

9 A pesar de sus antecedentes, Cerberó despertó suspicacias. En los debates de la cárcel de Burgos se trajo a colación que “había sido sancionado por el C.P. de Valencia durante la Guerra” y que su comportamiento durante sucesivas caídas lo “habían enmarcado perfectamente”. “Experiencias de organización de Asturias, León y Santander”, enero de 1955. Archivo del CC del PCE.

10 “Situación del trabajo guerrillero en el norte”, 1944. “Guerrilleros”, 19 de octubre de 1944. Archivo del CC del PCE.

11 Entrevista con Higinio Canga, 9 y 12 de noviembre de 1987. A esta medida se refiere el siguiente testimonio: “Un día fuimos convocados a una reunión los responsables del grupo y del Radio de La Nueva. Allí estaban algunos guerrilleros. Nos comunicaban que el Partido se ha constituido en ejército para luchar contra Franco y la Falange. Llegarán armas que se repartirán; se operará según la orden del Alto Mando. Actuará una escuadra, sección o compañía, según la importancia de la acción. Se nombraron los mandos en la reunión y el Partido quedó transformado en una institución militar”. “Experiencias sobre el trabajo de masas en Asturias, León y Santander”, cárcel de Burgos, enero de 1955. Archivo del CC del PCE.

12 Entrevista con Horacio Fernández Inguanzo, 16 de diciembre de 1987. Entrevista con Higinio Canga, 9 y 12 de noviembre de 1987. José Ordiales también confirma que Ladreda encañonó a un miembro del Comité Regional dirigido por Casto García Roza. Entrevistas del 23, 28 y 30 de diciembre de 1987.

13 En la cárcel de Oviedo, según Celestino Uriarte, Manuel Losa y la “camarilla de Ladreda” alardeaban de haber previsto el batacazo, el cual sólo se podía imputar al desconocimiento de los “franceses” de los riesgos del trabajo clandestino en el interior”. Informe Celestino Uriarte (sin fecha). Archivo del CC del PCE.

14 Entrevista con Manuel García González (“Otones”), 14 de noviembre de 1987.

15 Entrevista con José Ordiales, 23, 28 y 30 de diciembre de 1987. “Informe de Celestino Uriarte” (sin fecha). Archivo del CC del PCE.

16 “Informe de Manuel Beltrán Jove”, 15 de mayo de 1948.

17 “Sobre lo que el Partido me pidió con interés”, 7 de enero de 1948. Archivo del CC del PCE.

18 “A la dirección de nuestro Partido Comunista de España en el exilio”, Apolinar Anibarro, 18 de noviembre de 1948. Archivo del CC del PCE.

19 Entrevista con Julio Gallardo, 10 de octubre de 1988. “Informe Félix del viaje a Asturias”, 15 de mayo de 1948. “Informe Julio sobre Asturias”, 3 de enero de 1950. Archivo del CC del PCE.

20 Según Avelino Suárez, Onofre solía manifestar que la Agrupación se desmoronaría en cuanto faltara “Caxigal”. Entrevista del 18 de diciembre de 1987.

21 “Informe de Julio sobre Asturias”, 3 de enero de 1950. Archivo del CC del PCE.

22 “Informe de Julio sobre Asturias”, 3 de enero de 1950, Archivo del CC del PCE.

23 “Informe de Rubén y Pascual”, 11 de septiembre de 1951”. “Informe dado por Rubén y Fernando”, 30 de octubre de 1951. Archivo del CC del PCE.

24 “Informe del guerrillero José González Fernández”, 8 de abril de 1948. Archivo del CC del PCE.

25 “Experiencias sobre el trabajo de masas en Asturias, León y Santander”, cárcel de Burgos, enero de 1955. Archivo del PCE.

26 “Informe, recibido a primeros de diciembre de 1949”. Archivo del CC del PCE.

27 “Informe de Ceferino Díaz Torres”, 2 de enero de 1948. Archivo del CC del PCE.

28 “Informe de Celestino Uriarte (sin fecha). Archivo del CC del PCE. En el “Informe Félix del viaje a Asturias”, de 15 de mayo de 1948, se precisa que la redada de enero no afectó a la organización del Partido “porque estos individuos no la conocían”. Archivo del CC del PCE.

29 “Experiencias sobre el trabajo de masas en Asturias, León y Santander”, cárcel de Burgos, enero de 1955. “Informe recibido a primeros de diciembre de 1949”. Archivo del CC del PCE.

30 Apostilla al “Informe de Ceferino Díaz Torres”, 2 de enero de 1948. Archivo del CC del PCE.

31 “Boletín Interior del Partido Comunista de España”, agosto de 1951. “Informe dado por Rubén y Fernando”, 30 de octubre de 1951. Archivo del CC del PCE.

32 “Boletín Interior del Partido Comunista de España”, agosto de 1951. “Informe sobre el viaje a Asturias”. En otro documento se remachaba: “nuestra política se centra en la educación, organización y movilización de las masas bajo la dirección del Partido, y no en la acción directa de los anarquistas que lleva la Guerrilla”. “Informe de situación política”. Rubén y Fernando, 1951. Archivo del CC del PCE.

33 En una nota sobre Manuel Losa Prieto, remitida por Eloy (Álvarez Alonso “El Ruso”), le atribuyó el siguiente reproche al “ladredista”: “mientras que el Buró Político y los demás que están en el extranjero se dan la buena vida, los de dentro tienen que sacrificar su vida”. “Losa, septiembre de 1948. Dado por Eloy”, Archivo del CC del PCE.

34 “Situación del trabajo guerrillero en el norte”, 1944. “Guerrilleros”, 19 de octubre de 1944. Archivo del CC del PCE.

35 “Informe recibido a primeros de Diciembre de 1949”. Archivo del CC del PCE.

36 “Experiencias sobre el trabajo de masas en Asturias, León y Santander”, cárcel de Burgos, enero de 1955. Archivo del CC del PCE.

37 Ibídem.

38 Entrevista con Manuel Losa Prieto, 24 de diciembre de 1987.

39 “Informe de Burgos, recibido la primera quincena de 1949”. Archivo del CC del PCE.

40 “Informe de Celestino Uriarte (sin fecha)”. Archivo del CC del PCE.

41 “Experiencias de organización de Asturias, León y Santander”, cárcel de Burgos, enero de 1955. Archivo del CC del PCE.

42 El caso me parece equiparable a otros desaparecidos, como por ejemplo, Víctor García Estañillo (“El Brasileño”). GARCÍA REIGOSA, Carlos. El regreso de los maquis, Gijón, 1992, pág. 19. En un testimonio recogido por Fernanda Romeu afirma un guerrillero: “yo vi en la Agrupación muchos hombres que de golpe y porrazo desaparecían”. ROMEU ALFARO, Fernanda: La Agrupación Guerrillera de Levante. Edicions Alfons el Magnànim, Valencia, 1987, pág. 207.

43 Entrevista con Mariano Montero Álvarez, 29 de febrero de 1990.

44 “Informe de Julio sobre Asturias, 3 de enero de 1950”. “Carta de Julio”, 1950. Archivo del CC del PCE.

45 LISTER, Enrique: ¡Basta!. Una aportación a la lucha por la recuperación del Partido. G. Del Toro Editor, Madrid, 1978, pág. 242.

46 “Boletín Interior del Partido Comunista”, agosto de 1951. Archivo del CC del PCE.

47 “Informe dado por Rubén y Fernando”, 30 de octubre de 1951. Archivo del CC del PCE.

48 “Informe de Ceferino Díaz Torres”, 2 de enero de 1948. Archivo del CC del PCE.

49 “Informe de Julio sobre Asturias”, 3 de enero de 1950. Archivo del CC del PCE.

50 “Experiencias de propaganda”, cárcel de Burgos, enero de 1955. “Informe sobre el viaje a Asturias”. Archivo del CC del PCE.

51 “Experiencias de propaganda”, cárcel de Burgos, enero de 1955. “Informe de Manuel Beltrán Jove”, 15 de mayo de 1948. “Informe Celestino Uriarte”. Archivo del CC del PCE. En opinión de Uriarte, los Castiello fueran presa fácil de la infiltración “porque se dejaban pasear tranquilamente en un magnífico coche”.

52 “Informe de José González Fernández”, 28 de abril de 1948. Archivo del CC del PCE.

53 Entrevista con Manuel Losa Prieto, 24 de diciembre de 1987. “Informe sobre el viaje a Asturias”, Archivo del CC del PCE.

54 “Experiencias sobre el trabajo de masas en Asturias, León y Santander”, cárcel de Burgos, enero de 1955. “Informe de Julio sobre Asturias”, 3 de enero de 1950. Archivo del CC del PCE.

55 “Dado por Eloy, septiembre de 1948”. Archivo del CC del PCE.

56 “Acciones guerrilleras de marzo-agosto de 1949”, Archivo del CC del PCE. Entrevista con Avelino Antuña Suárez, 18 de diciembre de 1987.

57 “Características de los grupos enviados a España en el último trimestre de 1945”, Archivo del CC del PCE.

58 “Informe de Ceferino Díaz Torres”, 2 de enero de 1948. “Informe del guerrillero José González Fernández”, 8 de abril de 1948. Archivo del CC del PCE.

59 “Informe sobre el viaje a Asturias”. Archivo del CC del PCE.

60 Entrevista con Avelino Antuña Suárez, 18 de diciembre de 1987.

61 “Informe de Julio sobre Asturias”, 3 de enero de 1950. Archivo del CC del PCE.

62 Uno de ellos reconoció, en una emotiva autocrítica: “Yo sabía que mi deber era subir al monte, ver a los camaradas, discutir con ellos, darme cuenta exacta de la situación, no sólo porque era una necesidad del Partido sino porque yo había aceptado y merecido esa misión y estaba dispuesto a cumplir con mi deber aunque es evidente que eso me impresionaba algo (...). Yo no tenía una idea clara de las condiciones en las que tendría que trabajar en el monte, pensaba que ese tiempo sería suficiente aunque no estaba como es natural convencido. Pero si yo pensaba en un periodo tan breve, limitándomelo yo de hecho, era porque me asustaba un poco verme sin el apoyo de Martínez, cuando de todas formas imaginaba que el trabajo podría verme obligado a hacerlo en medio de probables encuentros con la guardia civil. Y aquí se me representaba la situación en que me encontré con el viaje y me parecía que situaciones semejantes aquí eran mucho más probables y que podrían ser más críticas. Me cuesta trabajo y hasta vergüenza pensarlo pero esto se parece al miedo (...). Cubrí las formas, yo creo, por vergonzoso que sea que cogí miedo. Sólo así puede explicarse mi conducta, porque es mezquino e impropio de un comunista pretender justificar el incumplimiento de una misión tan importante con la impotencia física para la montaña. Primero porque por mucho que sufra, mi estado físico no es tan deplorable y segundo porque un comunista de mi responsabilidad no puede arredrarse por ese género de dificultades cuando está en juego algo tan importante y tan sagrado”. “Carta de julio de 1950”. Archivo del CC de PCE.


Publicado en: Actas del I Congreso sobre la historia del PCE 1920-1977. Fundación de Investigaciones Marxistas, 2004.

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1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

En este texto hay muchas cosas que se deberían cambiar porque son falsas. ¿Como puedo contactar contigo?

4:26 p. m.  

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